El tendedero (parte II)

“Un tendedero me salvó la vida”, no sabía si titular así esta publicación. Pero ya que estoy hablando de tendederos preferí que fuera continuación del primero.

Transcurría el verano de 1989. Yo me encontraba en casa después de un día normal de estudios. La primaria no quedaba muy lejos de mi casa así que podía ir y venir yo misma sin temor alguno. Además, el tiempo podía ser consumido de la mejor manera. Podía comer temprano, cambiarme, hacer la tarea y salir a jugar sin presión alguna.

Hay un acontecimiento que no pude borrar de mi memoria: el día que un tendedero me salvó la vida. El tendedero estaba fijado de un extremo en el árbol de colorines; el otro extremo en una varilla del techo de mi casa. El árbol de colorines era bastante robusto y había crecido de tal forma que se antojaba subir a él para jugar y divertirme.

Subía y bajaba, subía y bajaba. Pero una de esas mi pie de apoyo se quedó atorado en una rama del árbol. Fue cuando no supe qué hacer. Comencé a desesperarme al ver que mis mejores esfuerzo por soltarme no daban resultado. Entonces perdí la fuerza en las manos y me fui de cabeza hacia el piso.

Fue aquí donde ocurrió algo asombroso. El otro pie se quedó atrapado en el tendedero. Fue lo que evitó mi caída y probablemente mi muerte. Después, ya con las manos libres pude dar un giro apoyándome en las piedras que rodeaban el tronco del árbol y lo que pudo haber terminado en ruina terminó bien.

Nunca se lo conté a mi madre, pero después de este suceso me hice la promesa de siempre poner tendederos en mi casa. Después de todo uno nunca sabe cuándo le puedan salvar la vida de nuevo.

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