Un fin de año diferente

¿Han llegado a sentir que las personas y el entorno los oprimen, cual si fueran gruesas paredes de rocas que lentamente se cierran sobre ustedes? ¿O se han sentido completamente ajenos y extraños, hasta en los lugares que deberían resultarles familiares? ¿Y han tenido la idea de que, a pesar de caminar por calles atestadas de transeúntes o de viajar en vagones tan llenos que ya no cabría ni un alfiler, no encontrarían a nadie con quien mantener una buena y amistosa charla?

Pues cosas semejantes y otras más extrañas he sentido en los pasados días, lo cual en ocasiones me provoca ciertas ansiedades y tristezas. El malestar se ha incrementado con la llegada de diciembre, que otrora fuera mi mes favorito. Solía disfrutar del frío, las largas noches y hasta de las luces centelleantes que son parte de la decoración navideña. Cierto es que todavía disfruto un poco de todo eso, pero el gozo se ha visto disminuido a causa de mi nueva y extraña dificultad, o mejor dicho, imposibilidad, para enfrentar las situaciones convencionales.

En estos días, esas reuniones de fin de año con los amigos, los colegas y la familia, que muchas personas esperan con ansias y emoción, a mi empiezan a resultarme más estremecedoras, temibles e intimidantes que una auditoria de Hacienda. Por ello es que, a pesar de las protestas, críticas y miradas reprobatorias de mis allegados y conocidos, decidí cambiar las fiestas navideñas por una tradición más acorde con la temporada invernal: retirarme a una guarida solitaria y no salir de ahí hasta primavera… o, bueno, hasta que terminen mis vacaciones.

bosque

La cuestión ahora es decidir cuál será ese anhelado lugar de retiro. Mi primer impulso fue lanzarme a un lugar paradisíaco de los que tanto abundan en nuestra República Mexicana; por ejemplo, una playa. Me alojaría en uno de los hoteles en Puerto Vallarta todo incluido y así podría dedicarme a contemplar el mar, caminar por el pueblo, degustar la sabrosa comida costera y pasar las tardes leyendo en la playa, sin ninguna otra preocupación.

No obstante, las playas nunca han estado entre mis destinos vacacionales preferidos y siendo lugares que tienden a saturarse en el invierno, cuando la mayoría de la gente se aflige por el descenso de unos cuantos grados en la temperatura, lo que menos tendría es ese alejamiento de todo, que tanto anhelo.

Luego caí en la cuenta de que la opción más obvia era un lugar boscoso. No a muchas personas les atrae la idea de pasar un par de semanas en algún campamento apartado, sin WiFi, ni televisión por cable, y en el que además haga frío. En este sentido, no tendría que preocuparme por hallar una multitud, que alterase mis ya de por sí estrujados nervios.

El “pero” con esta alternativa es que para llegar a un punto verdaderamente distante y poco transitado, y al mismo tiempo estar seguro, es necesario tener un vehículo a disposición. He ahí mi mayor problema; incluso la opción de alquilar un auto me está vedada, ¡porque no sé manejar! Y la idea de buscar un compañero de viaje, o siquiera un conductor, también acabaría con mi plan de retiro.

sala-lectura

Después de valorar unas cuantas posibilidades más, llegué a la conclusión de que sí hay un lugar que en estos momentos me resulta accesible, cercano y perfecto; ¡la sala de lectura de mi casa! Ella me ofrece el refugio acogedor que ahora tanto preciso y pone a mi disposición esos preciosos textos que con tanto placer he reunido a lo largo de los años.

Creo que ese retiro a la tranquilidad de mi hogar y a las páginas de los libros, combinado con caminatas diarias por el parque cercano (en las horas de menor concurrencia, por supuesto), reparará lo que sea que esté desequilibrado en mi interior y me permitirá reunir las fuerzas necesarias para hacer frente al futuro, que en estos días parece más incierto que nunca.

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